No va a hablar y tampoco yo pienso hacerlo, es el orgullo quien reina ahora. Tal vez son las ganas de tener la razón, o la impotencia de su actitud, se que lo quiero, aún lo hago, tanto que aún lo intento todo por seguir aquí a unos metros viéndolo. Se que lo quiero, aún más que el primer día cuando le di un beso que creí equivoco, aún siento como arde en mi el fuego que la adrenalina de conocerlo encendió. Se que lo quiero, con sus enojos diarios y sus tostadas quemadas por la mañana, con sus inseguridades y el café frío, con sus caprichos y los muchos trastos sucios en la cocina, con su terquedad y la torpeza que envuelve nuestra cotidianidad.
Enumero aspectos malos porque los buenos me tornan cursi, y así olvido que estoy enojada por ende no puedo conservar mi orgullo, de todas formas me ha vuelto capaz de cargar las cosas negativas con un toque de afecto, es quizá porque el día que el café estaba frío nos reímos de aquel libro de auto-ayuda que publicitaban en la televisión, porque cuando las tostadas se queman raspa lo oscuro con un cuchillo dibujando así formas que siempre logran hacerme sonreír, porque cuando los trastos están sucios los lavamos juntos, y si acaso con nuestra torpeza los rompemos, reímos, solo reímos porque somos parte de esto que nos hace tan felices, quizás nos cortemos juntando las partes rotas, se preocupe por demás y yo solo ría, de mi, de él, con sus ojos vidriosos preocupándose una vez más por todo, cayendo en que hay errores, creyendo que estos lo arruinan todo, por mi parte yo agradezco que los haya.
No quiero halagarlo, "estoy enojada" me repito una y otra vez, no debo olvidar eso.
Me reprimo a mi misma porque así siento que puedo hacerlo entrar en razón, aunque el problema aquí es justamente su afán por encontrarle al mundo una explicación racional, como habríamos de encontrársela a algo tan imponente, a algo que es tan efímero como real, a algo que contiene la existencia de tanto, de todo tal vez, pero realmente no creo que haya un todo.
Lo estoy observando hace horas, ambos alienados en nuestros malos humores pero colmados de unas reprimidas ganas de correr a abrazar al otro.
Esta ahí sentado en el sillón grande con la camisa celeste que tanto odiamos, aunque le quede increíble (como cualquier prenda), con un cigarrillo en la mano izquierda, una vez más esta tirando las cenizas en el suelo, quisiera retarlo como a un niño, pero ese carácter mio de querer tener siempre el control lo ha agotado. No soy capaz de explicar lo bien que se ve desde este ángulo, con su cara seria y su nariz respingada, con sus labios gruesos y las arrugas de su boca causadas por tanta risa, me siento dichosa de saber que soy en gran parte culpable de la existencia de las mismas.
Tiene en sus piernas el control de la televisión, la cual se encuentra en esta casa debido a un regalo que no pudimos rechazar, ambos creemos que de nada sirve consumir hora tras hora de ideologías ajenas camufladas con chistes baratos robados a algún anciano dueño de un viejo café a menos que encontremos en aquella caja alguna de esas películas antiguas que tanto nos fascinan.
Hoy no hay ninguna, aún así hace horas que cambia los canales con la vista perdida en algún lugar que puedo asegurar no es la pantalla, pensando tal vez como yo, que aquí estamos después de tanto y tan poco a la vez, aún jóvenes y con ganas pero cansados, aún enojados pero siempre lo intentamos, que aquí estamos en el mismo cuarto, porque me gusta el olor de sus cigarros y a él el ruido que hago con mis piernas al moverlas constantemente.
Esta ahí sentado en el sillón grande esperando a que me dirija a hacerle compañía, a que ocupe esos dos lugares restantes recostando allí mi cuerpo, con la cabeza apoyada entre sus piernas, pero no, hoy no quiero ceder.
Estoy aquí mirándolo desde el sillón individual junto a la ventana, sillón que ambos usamos para sentarnos uno sobre el otro y mirar hacia afuera, hacia aquel perdido, triste, mágico e increíble mundo, donde los atardeceres continúan conmoviéndonos como cuando eramos uno, solo que ahora se encuentran ligados a lo que juntos construimos.
Lo observo mientras sostengo un libro que finjo subrayar, mientras que escribo esto en una hoja en blanco que guarde en su interior.
Escribo para mi misma, para ser consciente de los hechos que tanto odio y tanto aprecio de nuestra convivencia, para reconocer que por mas que duela siempre sana si él esta cerca mio, escribo para mi otro yo, ese que nunca se enoja, para que sepa que se siente, porque no para esa parte mía que esta feliz por ahí. que venga que se siente, que lea que no siempre se puede cambiar el mundo, mucho menos los aspectos que hacen al ser que nos acompaña. Escribo para mi que en algún futuro cuando limpie la biblioteca y encuentre "La isla misteriosa" no solo vea un gran libro de Stevenson sino también el recuerdo de la camisa celeste, de nuestros enojos innecesarios, de su mirada de reojo del rayo de sol que iluminaba su pelo enredado.
Lo observo mientras caigo en la cuenta de que estas horas fueron en vano, mientras veo que me mira fijo y me sonríe como si los dos hubiésemos sacado la misma conclusión.
Rompo las barreras invisibles de este enojo inútil y camino los cuatro pasos que me separan del sillón grande para sentarme a su lado, tomo mi mano helada con la suya siempre tan tibia, reímos, no por nuestras manos, es que una vez más en la televisión publicitan ese libro de auto-ayuda. Una vez más, reímos.