Como quisiera que no despiertes, congelarte para siempre, en un minuto, en un instante con el sol sobre tus ojos, con la sombra de tus pómulos, como quisiera congelarte, pero sin enfriarte, ni un poco, para poder aferrarme en tu pecho y perpetuar en mi el momento. Pero no, todo eso es tan pedante, tan egoísta, tan infante, todo eso es matarte, es la perdida infinita de tu ser en el olvido, es guardarte en algunos metros y ocultarte el resto del mundo, es la picardía de decirte que sigas durmiendo que la oscuridad de la noche aún nos está envolviendo.
Cada vez que lo pienso, cada vez que te retengo simplemente por la necedad de quererte un rato más, cada vez que me apego tan fuerte como un imán al hierro todo el entorno se vuelve negro y yo me encierro, en mi, en vos, solo en nosotros dos. Casi puedo ver todo mi cuerpo cayendo en una ciénaga sin fondo donde siento un sosiego tan grande que hasta me perturba, que hasta me preocupa, me duele y comprendo, después de un tiempo, que es tu ida tan calmada, tan tranquila y tan pausada lo que me deja sin aliento. (Volve, dame otro beso.)
El sol ya te cubre toda la cara, yo sufro porque otra vez no pude detener el tiempo pero vos te despertas y me miras sonriendo, yo me desbordo por dentro tanto que no puedo hacer más que responderte con el mismo gesto.
Es la mañana, vos ya te vas, pero vale la pena todo lo efímero de nuestros encuentros, para encontrarte hoy y cada vez entre las sabanas y sonriendo.